Sábado

Creo que jamás en la vida he añorado tanto los sábados como en este año; este semestre para ser mas precisa.

El sábado para mí era el día más fome de la semana, lejos. Puede que mi falta de carrete y vida bohemia influyan en esta percepción pero incluso, obviando ese hecho, siempre me ha parecido un día funesto. Me resulta imposible no evocar con la palabra "sábado" a los gritos de la señora que vendía huevos en furgón "30 huevos en mil pesos casera, baratos van los huevos"; el caballero que vendía espejos en la calle; la que vendía clorinda en bidones. Los recuerdos de sábado solo me traen a la mente olor a almuerzo y tardes infinitamente vacías con sol. Ni idea del por qué lo asocio al sol érp es que a la orilla del bio bio, en la costanera, el sol era radiante siempre de tarde. Las vacas pasaban siempre a eso de las cinco; sí, leyó bien, vacas. 

Los sábados ahora, a mis 24 años, son una reliquia de la que no quiero desprenderme nunca. Son el descanso a los 6 días de la semana que no paran; son la reflexión y son la economía misma puesto que ese día invento razones para quedarme en mi casa y ni me hablen de salir y pagarle a la lota quina por llevarme a alguna parte. Estas ideas me hacen creer, o más bien, reafirman que cada día estoy más vieja y que mis achaques son propios de la edad.

El sábado pasado, sin embargo, disfruté de un ensoñador momento sabatino cuando decidí tomarme un café mientras terminaba mi libro de ensayos del mismísimo Sabato. Volvamos a eso; a los cafés y a los encuentros. Otro día hablaré de eso.


Cambio y fuera.

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