Portero
Llegaba todas la mañanas como de costumbre. La brisa del mar le helaba la punta de la nariz y los dedos de las manos; no importaba, debía cumplir su modesta labor porque de eso dependía el sustento diario. El pan en la once junto al tecito caliente.
Llegaron los jóvenes que desde fuera de la reja veía saludarse y conversar. Juventud, divino tesoro. En sus termos sorbían un café para capear el frío otoñal del puerto.
Volvió sus ojos confirmar la hora, sí, era el momento. Se adelantó a la reja e hizo lo que cada mañana hacía: sacar los candados, dejarlos ajustados uno con otro, abrir las rejas. La gente pasa.
Llegaron los jóvenes que desde fuera de la reja veía saludarse y conversar. Juventud, divino tesoro. En sus termos sorbían un café para capear el frío otoñal del puerto.
Volvió sus ojos confirmar la hora, sí, era el momento. Se adelantó a la reja e hizo lo que cada mañana hacía: sacar los candados, dejarlos ajustados uno con otro, abrir las rejas. La gente pasa.

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